Maipú: 1994 – 2015 (Capítulo II)

Capítulo Dos.

Marzo del 94 fue el mes en que dejé de ser un “niñi-chico” para convertirme en un “niño-grande”. No sólo había cambiado de casa, sino también de escuela y eso significaba mucho, pues atrás había quedado el humilde colegio básico “Welcome School” que estaba a unas cuadras de mi casa y en el cual tuve por última vez compañeras. Ahora iba a tomar una o dos micros para llegar a mi nueva escuela, escuela que por lo demás ya no era la clásica “escuelita”, pues ahora era un Liceo de Hombres que a pesar de tener los últimos dos años de Educación Básica (que a mí me faltaban), no hacía mayores diferencias entre los de ‘básica’ y los de ‘media’. Fue como crecer muy rápido, demasiado rápido, diría ahora. Era como saltarse dos años de la vida y darle para adelante ‘nomás’.

Entonces los cambios llegaron de golpe. Del tecito con pan con huevo y salir corriendo 10 para las 8 de la mañana en mi antigua casa, ahora lo mínimo era salir a las 6:20 de la madrugada junto a mi mamá y mis tres hermanos a tomar las antiguas 358 o 360 para llegar a mi destino después de una hora y media apróximadamente. Era toda una travesía que al menos servía para dormir, o bien para conocer Santiago, porque esos recorridos pasaban por todas las comunas del mundo. Pobre de mi mamá. Ella y el resto de mis hermanos hacían dos horas (o más) de recorrido. Subían en el paradero de Maipú y se bajaban en La Florida, cuando la micro terminaba su circuito. Fueron tiempos esforzados, pero que recuerdo con cariño.

El regreso a casa, al principio, fue más complicado, pues volvía solo. La primera vez que lo hice, obvio que me equivoqué de micro y tuve que bajarme en el Camino a Melipilla a tomar otro bus. Pero con el tiempo me volví un experto y comencé a irme solo en la mañana y a regresar en metro y micro por la tarde.

Cuando todo parecía ir bien las cosas se complicaron y se vino el primer quiebre familiar. Alejandro, el menor de mis hermanos que en aquella época a penas tenía 5 o 6 meses de vida se enfermó muy grave y tuvo que pasar unos días en el hospital. Se recuperó, pero eso significó que nunca más pudiera salir en las madrugadascon mi mamá. Primero lo comenzó a cuidar mi abuela, pero cuando yo llegaba del colegio siempre lo encontraba sucio y llorando. Quizás se lo conté a mi mamá, la verdad no lo recuerdo, y eso significó alguna pelea, pero tiempo después surgió la idea de que lo cuidara mi tía Mónica. Ella vivía cerca así que mi mamá lo pasaba a buscar en las tardes. Ese era el trato. Pero poco a poco comenzamos a alejarnos del Ale. Primero sólo veíamos en la noche, después sólo los fines de semana… vacaciones… veranos. Años después ya no fue ni eso y sólo lo veíamos si nos visitábamos un rato. Hoy él le dice mamá a mi tía y aunque sabe que somos su sangre el trato que tenemos es más de primos que de hermanos.

Cuando llegaron las vacaciones de invierno ya tenía un grupo de amigos en Maipú. Cambiábamos láminas del álbum del mundial de fútbol EEUU 1994 y jugábamos a las bolitas. A veces también elevábamos volantines o simplemente íbamos a luchar contra los dueños de las parcelas que no nos permitían seguir con el negocio del robo hormiga de verduras (sí, ya habíamos asumido que era un robo indiscriminado).

A pesar de tener miles de forma de entretención nuestros juego favorito siempre fue “la pelota”. Justo en el centro de la plaza había un terreno donde la constructura y la municipalidad nos habían prometido que alguna vez harían canchas de fútbol, pero como se demoraron tuvimos que improvisar y armar nuestros arcos con piedras para poder jugar. Pero como les contaba, entre mis amigos siempre hubo emprendedores, así que los hermanos Mery (Cristian y Jorge), quienes vivían en frente de la plaza, decidieron construir arcos de madera. Fueron los primeros cimientos de lo que más tarde sería el Gimnasio Municipal Villa Los Héroes, que se construyó finalmente en el lugar (a veces los políticos sí cumplen). Con los arcos de madera de los constructores Mery pasamos tardes enteras jugando a la pelota, jugábamos como si no hubiera mañana y alucinábamos como si fuéramos Los Supercampeones chilenos. Fueron las pichangas más lindas y entretenidas de las que guardo recuerdos. Sencillamente inolvidable.

La vida transcurrió de esa forma los siguientes dos años. 1994 y 1995 fueron muy parecidos: de la casa al colegio y del colegio a la casa, atravesando todo Santiago en metro y micro. Las vacaciones eran para jugar y el verano para jugar e ir a la playa (y ver el Festival de Viña). Para 1996 yo ya era todo un adolescente viviendo en Maipú, un adolescente listo para enfrentar la peor época de mi vida: el final de mi familia.

(Continuará)

Un pensamiento en “Maipú: 1994 – 2015 (Capítulo II)

  1. Hola. Por esas extrañas coincidencias de la vida, siendo domingo por la mañana, me levanté con ganas de escuchar el segundo disco de Pedro Piedra, dado que tengo el 1º y el 3º pero no el 2º. Apareció tu “blog” y fue bastante fácil de descargar, de hecho, ya estoy escuchando el disco. Por algún motivo, antes de cerrar la ventana, me llamaron la atención los globos, y encontré como entretenido eso que se movieran cuando uno baja en el contenido. Comencé a leer, para saber de qué se trataba que entre tanto texto, existieran discos para descargar. En general se hace lo uno o lo otro, pero no ambas cosas. Y la curiosidad me llevó a descubrir una coincidencia, por lo menos simpática. Yo también viví en esa villa que indicas, en la Villa Los Héroes de Maipú. Sí, también significó mi “pseudo” pérdida de niñez y pasar a la adolescencia. Sí, yo también me cambié de colegio cuando llegué a vivir allá, también fui a los potreros, también fui el niño de los mandados para ir a comprar pan a la civilización…también tomé la 358, la 360, la 359, la 232, la 184…Sé perfectamente donde queda el “Gimnasio Municipal Los Héroes”, recuerdo que era una plaza antes de que lo techaran, jajaja encuentro insólita la coincidencia. Claro, hay diferencias, yo no hice amigos, nunca me gustó vivir allá. Llegué el 95 y me fui diez años después. Hay varias cosas similares, ahora, la emocionalidad es algo particular y evidentemente no pueden ser similares. Pese a ello, sí, hay un pasado común, a pocas cuadras. Te diré que vivía cerca de 4 poniente. Y sí, era casi como vivir en la playa…pero mi nunca me ha gustado la playa.
    Un abrazo a la distancia. Por lo que leo eres padre y vives en México. Bonitas coincidencias de la vida…esas cosas que se dan en internet 🙂

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