Flea: El hombre que caminaba por el Mapocho

El 1 de octubre de 1999 los planetas se alinearon a mi favor, eso, y otra cuota de casualidades, se unieron para hacer de un niño de 17 años uno de los días más importantes de los que tengo recuerdos. Ese día conocí a Michael “Flea” Balzary, bajista de los Red Hot Chili Peppers. Era la primera visita de los norteamericanos al país, venían con la gira del Californication, disco que había reunido luego de años a la formación que más éxito le dio al grupo: Kiedis, Frusciante, Smith y Flea. El concierto fue el 2 de octubre, pero un día antes yo tuve mi propio concierto… aquí va, tal y como lo redacté la noche inmediata de haber tocado a uno de mis grandes héroes de mi adolescencia.

“Me gustaría que el momento que estoy viviendo nunca termine, que sea eterno y que en una semana, un mes o un año más me sienta igual. Lo que viví hoy es uno de esos momentos que uno piensa que jamás podrían pasar, pero cuando lo estás viviendo sientes que ya todo es posible.

Mi rutina comenzó como cualquier día normal de la semana: levantarme, ducha, desayuno, colegio, tarea, pruebas… 16:10 campanazo final. Es viernes y el último toque de campana me llega al alma. El fin de semana llega y con él lo que tanto había esperado. Estaba relajado, sentía una paz interior inmensa, incluso cambié mi rutina de caminar a Plaza Italia por Vicuña, hoy lo hice por el Parque Bustamante. Caminé hasta Bilbao con mi amigo Lolyllardo y nos despedimos emocionados por lo que pasaría mañana… pero sin evidenciar que algo más grande iba a pasar.

Seguí mi camino solo, a mi derecha está el edificio donde vive el Pablo Evans, uno de mis grandes amigos y a quien no veo hace más de un año. Sé que a él también le hubiera gustado vivir este momento conmigo. Justo allí me encontré con el Julio, otro ex compañero que dejó el colegio hace un año… un breve saludo y seguí caminando.

Iba lento (debía hacer hora para ir al preu), el cielo ya estaba por completo azul luego de la lluvia de la mañana, la temperatura ya era acorde a la primavera. Antes de llegar a Plaza Baquedano opté por sentarme en una banca frente a un hotel que no recuerdo su nombre, saqué el suplemento Wikén de El Mercurio que me regaló la tía de la biblioteca, leí el reportaje sobre los Red Hot Chili Peppers que traía en sus páginas centrales. Lo doblé sin cerrarlo y lo guardé. Me puse de pie y fui a comprar Las Últimas Noticias, después de eso me fui al preu.

Crucé la Alameda, luego el río Mapocho. Mientras esperaba el verde para cruzar Santa María hacia la Facultad de Derecho me decidí por algo que jamás me arrepentiré. En vez de cruzar la calle me subí a una micro que lo único que recuerdo es que iba hasta Vitacura. Una vez arriba pensé que si veía un choclón de gente en el hotel me bajaría a cachar qué onda y sino sólo me devolvería pasando por su frontis.

El choclón de gente que imaginaba no eran más que 10 compadres con poleras de los Red Hot sentados y aburridos. Igual toqué el timbre para bajarme, pero el chofer no pescó y me dejó mucho más lejos. En el momento lo quise matar… ahora le doy las gracias.

Una vez abajo, me sentía bien, la micro me había dejado en Pedro de Valdivia con Santa María, sólo debía regresar caminando y pasar frente al hotel para cumplir mi misión, después de todo nada perdía, sólo tiempo y eso era lo que buscaba. Caminé por una orilla del río muy distinta a la que se conoce más abajo. Acá todo es más natural, más idílico. Es un contraste similar al que ocurre en el Cerro Santa Lucía en el que por un lado tienes ciudad, autos, pavimento y por el otro pasto, tierra, árboles.

Acá comienza mi sueño, mi sueño real. Iba decidido a pasar frente al hotel cuando un color fucsia muy fuerte me llamó la atención, miré y era el color de pelo de una persona y dije: “No puede ser”. Bajé para verle la cara, pero antes de que yo llegará el volteó a verme y algo muy grande sentí en el pecho, algo extraño que hizo llevarme las manos a la cabeza, algo que hizo que el tímido “hola amigo” que él dijo en español lo sintiese muy a lo lejos. Era él, lo saludé, le di la mano y un beso. Me dijo otra vez “hola, hola amigo” y yo con un orgullo enorme le dije: “this is my dream”. Al ver que yo no soltaba su mano y sólo lo miraba, me dijo: “qué pasa, qué pasa”. Yo sólo atiné a decirle : “i can´t believe”. Era divertido, él me hablaba en español y yo en inglés. “Tú no estás en la escuela?” me preguntó mirando mi uniforme del colegio y tocando mi chaleco. No dije nada.

Después de un buen rato en que yo lo único que hacía era mirarlo y tocarle el pelo él me dijo “adiós” y quiso alejarse. “Un autógrafo”, le pedí sin que él supiera de qué hablaba. Le hice el gesto de escribir sobre mi mano y entendió “ok, dónde?”. Abrí mi mochila desesperado buscando un lápiz, no lo encontraba. Tomé uno pero estaba malo y recordé que el bueno estaba en el cuaderno de química. Cuando lo encontré iba a pasarle el mismo cuaderno para que me lo firmara, pero vi el suplemento del diario que recién había estado leyendo. “Ah, qué bueno”, dijo cuando vio que era una foto de los Red Hot. Mientras tanto dos tipos habían llegado y lo saludaron, también les hizo unas firmas con mi lápiz. Se volvió a despedir y comenzó a caminar. Los tipos dijeron “dejémoslo, el loco está cansado, los miré y les dije: “conchesumadre, esta weá no la puedo creer”. Me regresaron el lápiz y se despidieron. Habían pasado unos segundos de haber conocido a Flea, el bajista de los Red Hot Chili Peppers.

Quise seguir mi camino hacia el Sheraton, pero sentía una impotencia tan grande al no poder dejar enmarcado este momento en una fotografía o al no poder compartir mi alegría  con algún amigo. “Pico”, pensé y decidí buscarlo y seguirlo. Lo vi cruzando el Mapocho por el puente Pedro de Valdivia, me llené de valor y lo seguí. Cuando llegué al puente él ya había cruzado e iba en dirección a la costa, por la otra orilla del río. Se detuvo a leer la placa de una estatua, como dándome tiempo para alcanzarlo. Mientras caminaba pensaba en un montón de tonteras para preguntarle, sobre el Big Sur, Clara, el recital del día siguiente… también quise pedirle algo, acompañarlo, caminar con él hasta el hotel.

Una vez que llegué al Parque Uruguay (que viene a ser la orilla sur del río), unos 60 o 70 metros nos separaban. Él se detuvo a preguntarle algo a una pareja de pololos, la mujer le señaló el puente que recién acababa de cruzar. Él se devolvió caminando hacia mí. Nos volveríamos a encontrar. Cuando el notó que era yo otra vez sonrío y volvió a decirme “hola, hola amigo”, le volví a dar la mano y un abrazo. Otra vez le toqué el pelo, él decía “sí, sí, mi pelo”. Otra vez me dijo “adiós, muchacho” y yo con mi mano empuñada le grité “Grande Flea”. Ambos nos dimos media vuelta y seguimos nuestros caminos. La pareja de pololos de hace un rato me miró cuando pasé cerca de ellos como preguntándose quién sería el tipo al que con tanta emoción había saludado.

A Flea no lo quise volver a mirar, total mi sueño estaba cumplido, crucé la calle Andrés Bello y mientras lo hacía decidí no ir al preu. Necesitaba desahogarme, contar lo que me había pasado, pero no a personas que recién había conocido. Tenía que ser alguien que me conociera y que supiera que lo que contaba era real.

Cuando volví en micro a mi casa traté de recordarlo y describirlo. Él vestía pantalones de tela y una especie de poncho verde opaco, sus zapatillas eran negras con rojo y la suela blanca. Es bajo de porte y el espacio que tiene entre sus dientes es más amplio de lo que yo creía. De sus tatuajes sólo pude verle las letras L O V E en sus dedos de la mano derecha y una especie de águila azteca que tiene en la muñeca de su brazo derecho. Si vi otro no lo recuerdo. Se le notaba muy cansado, pensativo y armonioso, muy distinto a cómo es sobre el escenario.

Recordaba que había abrazado a uno de los mejores bajistas del mundo o el mismo que ha estado dos veces en Woodstock y me daban ganas de llorar de la emoción. Fue muy emocionante.

Al llegar a casa logré desahogarme con mi hermano. Cuando terminé de contarle todo me abrazó y me dijo que él había soñado la noche anterior que yo conocería a los 4 integrantes de la banda. Quizás sólo un cuarto de su sueño se cumplió, pero para mí fue mucho más que eso. Fue increíble. Inolvidable.”

la foto 1

Ahí estuvo, 13 años después y sin edición, tal y cual lo sentí ese viernes 1 de octubre de 1999.

Bustok Flea

5 pensamientos en “Flea: El hombre que caminaba por el Mapocho

  1. me daba vueltas por tu pagina buscando musica chilena(que al fin la encontre) cuando leo flea por alla abajo y llegue a esta historia, son mi banda favorita, la media suerte encontrarse con Flea! yo fui al hotel cuando vinieron al lollapalooza pero no salieron:/ exepto mauro refosco (y) buenisima historia me imagino la emocion que debiste sentir xd 😀

  2. Debe ser la historia por la que más veces me acuerdo de ti, así como del Esteban y el abrazo emocionado que te diste con él. Casi siento como propia tu experiencia, dado todo el tiempo que ha pasado y que aún lo sigo recordando como, si se puede decir todavía en ese entonces, una imagen de mi infancia.

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